No recuerdo cómo comienza esta historia. Recuerdo que me miraste con ese brillo en los ojos que me desarmó. Luego, si no me equivoco, me sonreíste. Sabías perfectamente lo que estabas haciendo.
Recuerdo que llegaste un día y me encontraste trabajando tarde, y te pusiste a llorar por ella. Te consolé. Te confesé que yo también había estado ahí llorando antes. Me contaste lo que pasaba entre sollozos. Te escuché. Me escuchaste. Dejaste de lagrimear y me tuve que ir, era tarde, tu querías estar sola. Me despedí y te abrace antes de salir.
Pasaron un par de días. Empezamos a textearnos. Te busqué y me buscaste. Cuando nos veíamos me seguías sonriendo con ese brillo en los ojos – hasta el día de hoy lo haces. Caí en tu juego. No lo pude evitar. Te coqueteé. Te encantó. Tu tampoco te resistes a ti misma, y cuando caí decidiste probar hasta dónde podría llegar, hasta dónde podrías tu llevarme. Fue fácil, caí ligera, tan incauta, tan profundo.
Jugueteamos un rato. De día, junto a los demás: dos extrañas, que de estar obligadas a estar juntas, comienzan a aprender a hablarse. Después de eso, escondidas en la intimidad de la tecnología inteligente, del no mirarnos a los ojos, te profesaba mi más intensa curiosidad por tus labios y tu cintura. Tu seguías con ese brillo en tus ojos y esa sonrisa burlona y satisfecha -esa sonrisa de hiena que tienes- derritiéndome, obligándome a la vulnerabilidad.
Hasta que ella volvió. Todo -entre nosotras- se congeló. Me dijiste que necesitabas pensar. Lo entendí y te dejé ir lamentando no haberte saboreado. Lágrimas de cocodrilo.
Luego volvimos a vernos y volviste a mirarme con esa sonrisa de hiena en la que te regocijas. Fui fría. No te gustó, te incomodaste, no era lo que querías. Me pediste un poco más de ternura. Y después otro poco más. Yo aguanté, cedí y te entregué, por ver un poco más de esa mirada con la que tropiezo una y otra vez, por seguir un poco más con ese jugueteo, por probar hasta dónde me llevarías esta vez. Qué ganas de llevarte a un rincón.
Pero tu ya estabas con ella y ya no había mensajes de texto ni tecnología mediocre que fuera suficiente para ocultar mis ganas y tus mentiras. Así que me cansé. Te entregué a ella, que ella satisfaga tus coqueteos. Que ella satisfaga tus inseguridades. Que ella satisfaga tu ego. Tu y yo, nosotras, sabemos que no va a poder. Vas a estar buscándome de nuevo, lo sé. Hoy, mientras me pedías ayuda, me miraste los labios y luego sonreíste. Yo hice como si no lo hubiera notado. No iba a satisfacer ese caprichito tuyo.
Por eso te digo, que aunque no estoy para estos juegos, porque no soy juguete de nadie y menos de una niña mimada como tu, ambas sabemos que ella no va a ser suficiente. Por que ella ya dejó de serlo.
